Hay niños que no miran a los ojos.
Que no responden cuando les llamas.
Que se tapan los oídos como si el mundo doliera.
Y desde fuera… parece que no quieren.
Que pasan.
Que ignoran.
Pero no es eso.
Es que hay días en los que el ruido pesa más que las palabras.
En los que una mirada directa es demasiado intensa.
En los que entender lo que pasa alrededor es como intentar leer un idioma que nadie te ha enseñado.
Y entonces el mundo exige cosas que ellos no pueden dar…
y se les juzga por ello.
“Es maleducado.”
“Es caprichosa.”
“No hace caso.”
No.
No es eso.
Es esfuerzo.
Es agotamiento.
Es intentar encajar en un sistema que no está hecho para ellos.
Y aún así… lo intentan.
Todos los días.
A su manera.
A su ritmo.
Con una fuerza que muchos no vemos.
Quizá el problema no es que ellos no encajen.
Quizá el problema es que seguimos empeñados en que solo hay una forma correcta de estar en el mundo.
Y mientras no cambiemos eso…
seguiremos pidiéndoles que se adapten
en lugar de aprender nosotros a entender.
✨ Porque la inclusión no es que ellos aprendan a ser como nosotros…
es que nosotros aprendamos a verles de verdad.